Una mejor vida: La música.

Por: Xëh Reyes

Hay quienes saben sobreponer algunas bellas palabras sobre una melodía. Existen algunas personas en este mundo que nacieron con el don de escribir poesía, escribir música. No puedo evitar conmoverme, al sentir alguna canción, una de esas que logran desunir en mí cada uno de mis átomos, llevándome al éxtasis, a flotar. Salir del mundo que conocemos, cerrar los ojos y dejarse caer en un lento espiral de ensueño, meditar sintiendo cada vibración que duerme las puntas de los dedos. Una voz aterciopelada que acaricia mi rostro, besa mis labios con suave ternura, descansa cada músculo del cuerpo, y desvanece cada pesar, cada pensamiento, cada asunto humano. 


Mundos imaginarios
están flotando en el aire
pasan por nuestros cuerpos
ecos de mil radares
cuando te afectan
nadie lo sabe 
G.C


¿Será Dios? Es difícil no preguntarme cuando me he dejado llevar por la corriente de este inmenso y calmo mar de sensaciones en el que me he sumergido. ¿Será Dios? Vuelvo a preguntarme, sin no haberme antes reconocido como la primera incrédula. Está bien que la evolución nos haya hecho tal cual nos vemos en un espejo, que la física, la matemática y la química me expliquen cada suceso de la realidad. Pero, ¿y la música? ¿Qué hace que la música rompa con las barreras del tiempo?, ¿Que sea tan antigua y tan actual a la vez?, ¿Qué hace que sea tan liviana pero tan trascendente; tan irracional pero tan humana? Desde un comienzo, desde la música más tribal, quisiera entender qué hizo que el hombre se haya visto obligado a producir sonidos, a comunicar sus estados de ánimo a través de ritmos, melodías y armonías. Sin duda, existe una correlación entre el nacimiento del primer sentimiento y la demostración del mismo. Ahora, ¿cuál sería el primer sentimiento del hombre, y a qué se debe? Esto es otro misterio. El eslabón perdido, le llaman a ese enigma, a ese momento justo en el que el hombre dejó de ser animal para convertirse en una especie superior. Habrá razones estructurales del cerebro, claro, pero la chispa que desencadenó la catarata de sentimientos que a lo largo de nuestras vidas experimentamos, es algo que está mucho más allá de cualquier cosa que pueda especular. Y me vuelve la pregunta: ¿será Dios? 


Y como el fuego reflejado en el agua
dibujaba partículas de dios
El fin de amar
(es) sentirse más vivo
G.C


Sé de un ser musical -de un genio de la seducción, de las palabras y de la transportación- que duerme profundo, en un mundo de tales nociones musicales que nosotros no alcanzamos a escuchar. Él está envuelto en esas miles de melodías y sensaciones que no alcanzó nunca a darnos, porque él está ahora en un estado superior al nuestro. Permanece en un espacio en el que flota lenta y constantemente al ritmo de esos secretos que sólo la música conoce. Y repito, la música es el misterio más secreto que se guarda la creación para sí.  O para el día de nuestras muertes. Quien ha amado la música, y se ha perdido en los laberintos de cada nota colocada por en su lugar por el supremo, ha conocido el rostro de Dios. ¿Cómo más podemos explicarnos que aún hoy tratamos con esfuerzo descifrar a Bach?, ¿cómo es posible que cada nota esté tan exactamente colocada para decir tanto en tan poco espacio? ¿Espacio? ¿Dónde está la música? ¿Dónde vibra? La física cuántica, tan mágica, nos habla de diminutas cuerdas de violín que atraviesan el universo y que vibran con cada tonada. Nos dice también que la música penetra cada célula de nuestros cuerpos y hace vibrar las moléculas de agua, dándole una forma particular y maravillosa a cada una. 


Este hombre introdujo y cerró todas mis noches de amor, los primeros besos, las primeras caricias, miles de lunas contemplé con melancolía guiada por su voz. Cuántas noches lejos de casa le escuché, haciendo de cada lugar mi propia casa. 


Gustavo Adrián Cerati, ¿en qué clase de sueño podrá estar sumergido hoy? Creo que aquí nos dejó una pista:


Puedo equivocarme
tengo todo por delante
Nunca me sentí tan bien
Viajo sin moverme (de aquí)
Chicos del espacio
Están jugando en mi jardín
Medirán el azar con el viento
Fuerza natural
(…y me eché a la suerte…)

¿Quién lee?

Por: Adriana Carrillo


A algunos nos pasa que escribimos lo que vemos, lo que pensamos, lo que creemos interesante. Nos pasamos la vida buscando las palabras justas para decirlo. Las más precisas, las más sonoras, las más fieles a la imagen mental de una idea. El oficio se convierte en una delicada cirugía en donde se pretende poner todo el mundo en letras. Como hizo aquel personaje del poeta de Borges en su cuento “Parábola del palacio” (El Hacedor, 1960), que colocó cada detalle del palacio en un solo verso, hasta el punto de ser acusado por el rey de habérselo arrebatado.


El escritor pone sus ideas en manos de la imaginación de un hipotético lector y depende de ella para hacerse real, para que sus espacios sean recreados y sus ideas entendidas y, a veces, comprendidas o refutadas. Pero se escribe en soledad. Las frases se hacen en total intimidad. No es un arte vistoso en su realización, como la pintura, o el cine, incluso, ver a un músico hacer dibujitos que suenan tiene más gracia que ver a un escritor poniendo palabras en un papel, y que a veces mira lejos varios minutos, varios minutos, muchos minutos y vuelve a la hoja o la pantalla con los ojos fijos: nada más aburrido.


Y el náufrago que es el escritor entrega lo que hace, y luego sale a la calle y camina, y hace cualquier cantidad de cosas convencionales. Se queda en lo íntimo, en lo que surgió en la cabeza y le movió los dedos. No hay ecos. Entonces, un día, ese escritor piensa que no tiene sentido lo que hace. La gente, además, dice con orgullo que no lee. ¿Para qué leer? Es tan aburrido como ver escribir. Los periódicos y las revistas, que viven de las lecturas, optan por publicar textos cortos, porque la gente no lee. Y a ese escritor le pasa exactamente igual. Pero otro día, descubre que alguien disfrutó aquella lectura y que pensó en tres cosas más, y que hizo suyas aquellas palabras. El escritor sigue escribiendo y le basta un lector que lee sus historias o reflexiones para no sentirse aún más solo, ese solamente, al que de seguro no conoce. Después se da cuenta de que, aún sin lectores, importa más que haya ideas, finalmente, es eso lo que basta para no ser una especie en vía de extinción. 

Frente a lo posmoderno, el preantiguo. Escribir.


Por: Sandro Bozzolo

Descubres que escribir es lindo, es importante. Escribir, pero escribir con tinta sobre papel, con lápiz sobre pantalla, con letras antiguas y preantiguas, y vivas sobre hologramas electrónicos que nos hablan de modernidad y posmodernidad.

Escribir entre brisas y perros, escribir entre la sombra del pelo reflejada por la luz caliente de la noche sobre el papel; una imagen perfecta y peligrosamente irreal, un dibujo que se mueve allá donde la palabra se queda. Escribir como drogarse, consecuencia del aburrimiento y de la necesidad, de las ganas de irse por un momento de este mundo lleno de significados vacíos, viajar ligeros entre pensamientos que mañana no tendrán ni un sentido, ni un ayer; que hoy, sin embargo, llenan de color todo el universo. 

Escribir para observarse en un espejo el ojo melancólico y la mirada juvenil, los primeros cabellos blancos sobre palabras que todavía no existen en el léxico de los viejos. Y escribir para maldecir, para ilusionarse sobre una batalla perdida desde el comienzo, para sacar a pasear al monstruo que habita nuestro interior. 

Escribir porque quien escribe no puede ser malo, escribir porque quien escribe no quiere ser bueno, pero tampoco superficial mentiroso o insensible, quien escribe es un egocéntrico demasiado aburrido para hablarse a sí solo. Escribir, no obstante, el movimiento enloquecido del tiempo real, para buscar en la lentitud, la respuesta y las defensas. Escribir con el sueño de parar así, 
el tiempo.

Escribir porque así hacían los griegos, los romanos, los egipcios, porque a través de la palabra el hombre supo transmitirse a sí mismo a lo largo de los siglos, y si nunca se encontró la piedra que transforma la naturaleza en oro, hoy se pueden ver piedras que hablan, y ya es algo. 

Escibir para jugar y pasarla bien, escribir para llorar y sufrir, para transformar la realidad en una metáfora y la historia en una ligera novela. Escribir para acercarse al Hombre alejándose de Dios, escribir para escribir y escribir para después tener algo que leer.

Barranquilla, ¿ciudad moderna?

Por: Adriana Carrillo


Un mexicano le pregunta a otro: “oye cuate, ¿tú eres moderno, o pos moderno?” y el otro le responde: ¡pos-moderno!

Chiste popular



Cuando estaba empezando la carrera de Comunicación social, me encontré con un profesor de Historia moderna, exiliado chileno, que después de hablar todo un semestre sobre modernidad, nos dijo que no creía que la posmodernidad existiera. La afirmación me pareció cerrada y absolutista y resolví, en aquel entonces, que el hombre estaba en un error, producto de su arrogancia, por lo demás. El semestre siguiente tuve otro profesor que hablaba de la posmodernidad, del sujeto senti-pensante y la tendencia actual de la gente a preocuparse, exclusivamente, por el presente. Leí algunas cosas y el tema llegó a apasionarme, como buena estudiante entusiasta, abierta y hambrienta del debate de ideas.


En un pasillo, volví a ver a aquel profesor modernista, sarcástico a morir con sus alumnos menos aventajados, que aún me recordaba; cabe decirlo, en buenos términos. Aproveché el breve encuentro para refutarlo y argumentarle aquella teoría. Me escuchó y me sonreía con aquel aire de haber escuchado esas cosas miles de veces. Cuando encontró espacio, me dijo: “pero si esas cosas ya las ha dicho la modernidad. Acuérdese de la lectura de la primera clase, la Tercera meditación de Descartes…”. Volví a contra-argumentar, llena de certezas y ahínco. A lo que él respondió con una risotada y una invitación a discutirlo con más tiempo y libros de por medio.


Nunca cumplimos aquella cita y el tema, para mí, quedó flotando. Lo único que dejó fue duda. Nada nuevo para quien filosofa. Con el tiempo, fui encontrando respuestas, que me hacían recordarme a mí misma como una adolescente enérgica y apasionada. 


Cuento esto, no para dar una respuesta al tema. Ni para decir si existe o no la posmodernidad, ni para decir si una es mejor que otra. Al fin y al cabo en la filosofía cada quien cree lo que quiere creer y por lo tanto, son siempre discusiones infinitas (que como en el monopolio: uno juega hasta que se aburre). Yo creo en la razón ¿soy modernista?; Apoyo la diversidad ¿soy posmoderna? 


Tener claros los conceptos es una tarea de largo aliento. Sólo unos pocos están dispuestos a buscar claridades sobre el tema, y yo lo aplaudo. Pero hay que tener en cuenta que así como existe una teoría, hay un millón detrás. Sólo diré que pensar esas cosas en esta ciudad es una paradoja interesante. Ya quisiera yo que Barranquilla, una ciudad llena de transacciones medievales, fuese moderna. Yo, por lo menos, no creo que lo sea. Me cuidaría de asociar lo primitivo con lo moderno y, entre otras cosas, de decir que estamos en “una de las ciudades más modernas del mundo”. Sólo espero que las confesiones no terminen en confusiones. Como dice un gran amigo boricua: “Ya tú sabe’”.

Confesiones de fin de era

Por: Xëh Reyes



Que nos manejan la vida, dicen los de la teoría de la conspiración. Que ya no hay valores, dicen los tradicionalistas. Que el arte muere, dicen los románticos. Que ya no se puede creer en la política, dicen los jóvenes.  Y así, podríamos seguir con una lista interminable de quejas y reproches, sobre lo que se ha convertido este final de era. Para los que llegaron tarde, les cuento que estamos en final de era. La llamada Postmodernidad, empieza a vislumbrarse aún bastante lejana, y la era moderna en la cual nadamos actualmente, nos está llevando a lo más profundo de sus aguas. Necesita, antes de irse, llevarnos a sus extremos, a sus oscuridades, a lo que hay en el fondo, a nuestro propio exterminio.


El Narrador de este blog, ha ido recopilando cada una de nuestras historias en una sola. Y al leer su cuentecillo es fácil notar cómo nos quejamos, renegamos y repensamos una y otra vez, los tiempos que estamos viviendo. Desde Baudelaire y “Las Flores del mal”, pasando por Chaplin y sus “Tiempos modernos”, hasta “El fin de la modernidad” de Gianni Vattimo, algunos humanos que piensan en demasía le han dedicado gran parte de su tiempo, a un tiempo que se le acaba el tiempo: la modernidad. Nuestros amigos colaboradores del blog, y ustedes, posibles lectores, estamos aquí por un mismo motivo, entender hacia dónde vamos caminando. Algunos filósofos nos han ayudado a vislumbrar el siguiente paso: la bien conocida postmodernidad que aún está muy lejos de nuestras cabezas.


Mudar de era representa mudarse de casa, es decir, antes de llamar al camión de la mudanza e irnos al que será nuestro próximo hogar, debemos recoger y limpiar nuestra casa actual. Con esta analogía bastante boba, pretendo decir que antes de pasar a la postmodernidad, debemos acabar por completo con esta modernidad, debemos dejar que la propia modernidad acabe con todos sus valores, aniquile sus propios principios, así señores, los que sobrevivan podrán ser hombres libres. La razón moderna es bastante histórica, está basada en la materialidad, y lo que ella considera real. Sin embargo, este mundo moderno empieza a transformarse en un mundo donde la vida social se sitúa en este espacio virtual, nuestros documentos más preciados se traducen en números y códigos binarios, donde los blackberrys son el eje de la colectividad y donde los videojuegos se han convertido en un agujero a través del cual desdoblamos la realidad que nuestras mentes modernas conocen, no sin antes desaparecer los límites entre lo real y la ficción. 


Esto que conocemos como modernidad, el capitalismo, la pluralidad, la descentralización de las ideas – pero no del poder- , Dios y la historia, ya debieron morir. Pero aquí viene mi hipótesis, esta modernidad en crisis, que ve cómo todos sus ejes se desvanecen: la crisis financiera, el boom de los sacerdotes pederastas, los eslabones perdidos no encontrados, la indiferencia política juvenil, y la extrema pluralización y segmentación de la sociedad; no nos dejará aún, por más que algunos quisiéramos. Basta con observar una sociedad tan primitiva como la barranquillera, una de las sociedades más modernas que existen en el mundo, de esas que aun basan todo su ser en las divisiones socio económicas, la burocracia, el poder y las apariencias; los apellidos, los clubes y la discriminación; los contrastes sociales, el fanatismo religioso y la credulidad en el gobierno, para entender que aún nos falta un largo camino para llegar a la post modernidad. 


Lo que estamos viviendo es el coletazo de esta modernidad, o en otras palabras, la estrategia de la que se vale esta “híper modernidad” para llevarnos a todos nuestros extremos antes de morir. Y yo concuerdo. Debe ser el proceso natural por el que debe atravesar un ser humano -creyente de todo, menos de su propia realidad, que no digiere el significado de su época y de su propia existencia- antes de poder racionalizar la maravilla que nos depara una era postmoderna. 



Para concluir creo que no vale la pena seguirnos quejando de la desaparición de eso que más queremos, ejemplo: el arte. No vale la pena renegar de la sociedad actual, la cual está condenada a exterminarse por sí sola. No vale la pena, tampoco, que sigamos divagando con aires nostálgicos. Sólo nos queda soñar con un pronto fin para esta era, y recibir de brazos abiertos el post que nos espera.   Y digo soñar, claro, porque no estaré viva para verlo, me conformaré con disfrutar el momento que me tocó vivir: la gran ruptura.

Esbozos de un sujeto no-pensante

Por: Héctor Saavedra

Algún Descartes colombiano posiblemente habría dicho: “Si la pienso mucho, luego pierdo el año”, exactamente el tipo de raciocinio que nos ha mantenido “vivos” por casi dos siglos de una tal independencia.
Tal vez aquella profesora de filosofía en 10° grado se escandalizaría con dicho postulado adaptado a la más colombiana forma de entender la ontología del mundo que lo rodea. El hecho es que pensar se traduce en toda una serie de intrincados procesos mentales que pretende (a veces no muy satisfactoriamente) evaluar toda las posibilidades y variables disponibles en una situación X, Y O F; a los cuales nuestro individuo colombiano no está dispuesto a someterse, sencillamente porque cree fervientemente que no es más que otra pérdida de su tiempo productivo, en el que sólo una posibilidad está disponible: la más fácil, (a veces requiere atravesar la línea de una tal legalidad).

Así es. Es como si de alguna forma estuviera inscrito en nuestro mapa genético: “hacerlo fácil”, lo cual no implica tener que complicarlo todo tampoco. No imagino a alguien filosofando concienzudamente sobre la correcta forma de hacer que combine algún atuendo universitario de todos los días (algunos parecen muy elaborados), o taladrándome las neuronas tratando de entender cómo rayos debo acercarme a una señorita que mira como esperando algo y al tiempo lleva un letrero en negrita de “vete al diablo” en su frente; en dichas situaciones conviene pensar que no hay que pensar mucho, o sí que se “perderá el año”.

No pretendo ponerme muy filosófico aquí, (eso quedó en épocas pasadas, donde cuestionar todo dotaba de cierta extraña intelectualidad, obviamente inexistente) sólo pienso que pensar resulta entonces un proceso sujeto a las exigencias del contexto; pensar mucho, pensar poco, el vaso medio lleno o medio vacío, y esa basura… eh, ¿me siguen? Creo que no… el punto es que el “acto” de pensar, a riesgo de que suene un poco redundante, debe ser empleado con cierta inteligencia, y no hablo de pretensiones intelectualoides, me refiero a una de tipo pragmático, donde las ideas no sólo sirvan para impresionar a alguien, donde de hecho las ideas se traduzcan en oportunidades, en nuevas posibilidades más allá de “la facilonga”.

Nota:
Tal vez un poco de esto le vendría bien a unos pocos perdidos entre los amplificadores de sus automóviles, tan recurrentes por estas tierras tropicales…

Nuestra ciudad

0:02 Publicado por Maga 0 comentarios

Por: Sandro Bozzolo

Dice que en la ciudad donde nació la gente que escribe no es aquella que mejor 
lo hace, y con "mejor" se definen parámetros técnicos, pero sobre todo, pasionales. Carnales. Escribir porque no hay alternativas, por ejemplo. Según el instinto. 
Alguien más le agradece haberlo "traído" - usa este preciso verbo - a este 
espacio en donde las leyes de la cotidianidad, de lógica - ilógica y de la 
rutina (las mismas leyes que nos empujan a "especular y divagar") pierden todo 
su significado y su valor, y empujan a sentarse frente a una pantalla-espejo 
hasta que "la parte baja de la espalda empieza a doler"... 
Ahora. Yo no sé cual es "la ciudad donde [ella] nació", pero es bastante 
parecida a la donde nací yo - y que no puedo llamar "mía". Y puedo asegurar que 
por lo menos 10.000 kilómetros corren entre los dos, así que....todo el mundo un 
país. Esto nos pone entonces a reconfigurar diametralmente nuestros parámetros 
sobre el concepto de "ciudad", del lugar al cual pertenecemos: por como la veo 
yo, si tenemos que construirnos una identidad de pertenencia, por lo menos que 
no sea desde un punto meramente territorial.  
Me viene a la cabeza lo que se decía más abajo. Este cuento de la realidad, de 
la irrealidad, de la virtualidad. Me viene a la cabeza porque, en esta 
irrefrenable caída hacia los abismos de la pre-postmodernidad, tratando de 
sacarle lo positivo siempre, vivimos ahora la posibilidad de crear "nuestra" 
ciudad. Que es, ni más ni menos, esta. Un lugar vivido y construido por 
nuestros verdaderos similares, gente que comparte características más profundas 
y menos arbitrarias que sencillas razones de idioma común, o sangre, o lugar de 
nacimiento. Verdaderos conciudadanos. 
No sé los demás, pero yo verdaderamente creo en esto. Por pequeñas razones 
de experiencia, de trocitos de vida vivida, pero sobretodo por lo que siento 
cuando me enfrento a la “realidad” que describe Adriana: ganas de refugiarme. 
De correr a mi casa, entre mi gente, para reconocer el olor de pensamientos 
escritos por otros, que yo me limité a…pensar.

Por esto, y por todo lo otro anteriormente dicho, ella está en lo cierto: 
…tenemos ahora otros compromisos que no podemos (debemos) evadir.